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 Capitolio, La Habana Por arquitectura colonial cubana se entiende toda la construcción levantada en Cuba durante la época de la colonización y dominio españoles. O sea, desde los siglos XVI hasta finales del XIX, aunque en realidad solo han quedado muestras vivas de los siglos XVII y XIX.

La arquitectura colonial cubana ha seducido siempre a los viajeros. Hay un cierto misterio, apuntan algunos, en esa supervivencia por encima de todos los obstáculos, entre ellos el tiempo, ese formidable enemigo que marca todo lo viejo. Las columnas, arcadas, barandas, reglas, vitrales, lucetas y puertas, marcaron, quizás para siempre, la atmósfera de la Isla. Esta arquitectura puede encontrarse en La Habana, Trinidad, Cienfuegos, Camagüey y Santiago de Cuba, en mayor medida, aunque se advierte a lo largo del país.

Nada ha habido más trascendente y duradero en Cuba que ella, salvo el espíritu y las ideas. La única diferencia es que estas últimas reciben el impacto de los cambios sociales según las épocas, mientras que las construcciones perduran asombrosamente, y siguen modelando el ambiente cubano de manera admirable.

Los hombres de la Cuba colonial, afirma el arquitecto Joaquín Weiss, no eran gigantes de talla, pero pensaban en grande. Era parte del sentido de dominación, conquista, poder y opulencia. Pero no sólo influyeron los españoles, dueños de Cuba, sino también los más diversos estilos de la época, como la cultura neoclásica francesa del siglo XIX, igualmente opulenta y desmesurada. Basta presenciar las monumentales tumbas francesas levantadas en el Cementerio de Colón de La Habana, el de Reina en Cienfuegos, por citar un par de ejemplos innegables. Los arquitectos franceses viajaban a Cuba a diseñar sepulcros para cubanos y los cubanos copiaban el estilo neoclásico francés, inmenso, admirable, espléndido y majestuoso.

Pero si bien todos los estilos dejaron su huella infranqueable, histórica, la arquitectura cubana manifestó su propia independencia, frente a la majestuosidad y rigor de las construcciones europeas neoclásicas –versiones modernas de la antigüedad clásica-, se produjeron ciertas aplicaciones ¨tropicales¨. Asistimos a un cierto eclecticismo, una adaptación a las sensaciones y anhelos de la Isla.

Entre estas versiones criollas resaltan el ¨soportal columnal arquitrabado¨y con menos frecuencia el arquesado, que, entre otras fórmulas, muestran una cierta libertad, funcionalidad y sencillez decorativa. Según Joaquín Weiss, la cubana era, probablemente, la arquitectura de América más compleja y mejor presentada e la época colonial, aparte de otras diferencias con los rígidos estilos europeos, tanto en el color como en las altas puertas y ventanas, las barandas de balcones y escaleras, más allá de las amplias residencias para configurarse en la abundancia de parques, fuentes, plazas, plazoletas, bancos, estatuas y todo el mobiliario interior celosamente concebido para armonizar con la arquitectura ambiente.

Hay muchas coincidencias e influencias: desde el verano eterno, inclemente, buscando siempre los exteriores, los inevitables paseos y la mirada hacia el mar, hasta las ambiciones y la sociabilidad propia de la clase dominante, y dominada, de los criollos isleños supeditados a la rigidez española.

Un gran peso tiene la religiosidad en la arquitectura representada por obispos y órdenes monásticas, sus numerosos templos, seminarios, capillas y cementerios construidos bajo el apremio de la iglesia en estas tierras. La atmósfera colonial cubana tenía sus fundamentos, nada era gratuito, mucho menos por simple belleza y contemplación. Detrás de cada plano arquitectónico había un sentido colonial, avasallador, ambiental y hasta familiar, piedra de toque final de las tradiciones y los espíritus de la clase dominante y de los emergentes criollos ricos.

La monumentalidad, la talla inmensa, desproporcionada, inútil aparentemente, sostenía n propósito de majestuosidad, orden, pulcritud, respeto, poder, comodidad, profusión. Elementos imprescindibles, jerárquicos, decisivos dentro de los rigores de una colonia y una clase bien asentada en los dominios de la Isla.

Aunque el estilo colonial impere como lo más trascendente de Cuba, y los viajeros se asombran ante su esplendor, otros estilos, épocas y naciones, siguieron influyendo en .Art Noveau y el Art Decó, hasta el eclecticismo norteamericano que arrasara buena parte de la arquitectura de La Habana, a fines de los años 50.

Habana, ciudad de las columnas

Habana Vieja La Habana, la ciudad de las columnas, como la bautizó Alejo Carpentier, el mayor novelista cubano, se empeña en que el tiempo y las dificultades económicas no la destruyan. Como otras ciudades tiene un enemigo importante: la modernidad, el mismo que amenaza a las grandes urbes de América.

La Habana era el sitio preferido para el ingente mercado de los siglos XVI, XVII y XVIII. Allí se levantaron las mejores murallas para defenderla y se trajeron grandes ejércitos. De aquella historia, quedan ruinas, y anchas y portentosas columnas.

El llamado Centro Histórico, es decir, la ciudad enmarcada entre sus viajas murallas que la protegían de piratas y ejércitos de otras naciones enemigas del imperio español, abarca 210 hectáreas y 242 manzanas. En su interior se levantan 4 000 edificaciones, 900 de ellas con alto valor patrimonial. Más de la mitad de su espacio está dedicado a viviendas y un 25 % está ocupado por plazas, parques y grandes edificios no residenciales. Allí residen alrededor de 70 000 personas, casi la misma cantidad que hace un siglo.

Su centro histórico, establecido a partir de 1519, es la porción más vieja de la ciudad y la más devastada por el tiempo, por el salitre tan cercano y las penurias económicas. Sus salvadores le han asignado un valor poco apreciable en ciudades semejantes: es una ciudad para vivir y no simplemente un escenario turístico o un museo o un museo frío y desolador: a gente allí vive, trabaja, sufre, disfruta y ama. Es una ciudad viviente y reconfortante.

Una vez casi la dieron por perdida, y si se salvó fue por la iniciativa, el amor y el deslumbramiento de un hombre apasionado y emprendedor, Eusebio Leal Spengler . Fue a fines de los años 70 en que el Historiador de la Ciudad pudo contra con el apoyo de las más altas instituciones del país, para reconstruir la Habana Vieja, en un severo plan de rehabilitación para salvarla.

La Oficina del Historiador de la Habana, con el respaldo del gobierno cubano se encargó de iniciar la titánica obra de rescate prácticamente bajo sus cimientos. Era preciso movilizar a muchas personas desde los organismos internacionales y las autoridades nacionales, hasta los sencillos habitantes de esa comarca. Se trataba de un llamado urgente en todas las direcciones. La UNESCO, años más tarde, reconoció el Centro Histórico y su sistema de fortificaciones como Patrimonio de la Humanidad. Se había ganado la primera batalla. El gobierno cubano, que estaba empeñado en esas iniciativas, le asignó grandes recursos para su desarrollo. La zona más antigua de la capital emprendió un proceso de restauración.

Cuban Art Museum Desde entonces se asiste a una obra colosal: prácticamente a diario se concluye la salvación de una edificación o se empieza otra aún más sorprendente.

Piedra sobre piedra, parece ser el lema de este proyecto. Metro a metro el Centro Histórico se salva. La Habana Vieja no es simplemente una zona de museos y obras arquitectónicas rescatadas. En aras de su rehabilitación no se han convertido en una ciudad fantasma, apenas poblada de instituciones, edificios públicos y gastronómicos. El Centro Histórico es un segmento viviente.

Otro principio de su rescate es el aprovechamiento de sus instalaciones dedicadas al turismo y al comercio para volcar sus ganancias en beneficio de la restitución gradual de sus edificaciones, redes urbanas y calles. Con ese fin, se ha abierto al turismo internacional. Se han levantado viejos y nuevos hoteles, hostales, inmuebles, bares y restaurantes, Junto a ellos, hay museos y galerías, talleres, tiendas, salas de concierto, escuelas, bibliotecas.

No faltan farmacias, casas de ancianos y hogares maternos, centros asistenciales de salud y viviendas. Las ganancias de esos servicios se reinvierten casi totalmente en el levantamiento de ese sector urbano.

Volviendo a la historia, La Habana fue siempre la ciudad bulliciosa y bullanguera, cordial, amable, expectante, pintoresca, irreal y misteriosa. La gente allí hablaba, y sigue hablando, con mayor apremio que en otros sitios del planeta. Eso le viene, quizás, de su vieja historia de ciudad cosmopolita y especialmente por su tradición de varios siglos de comercio e intercambio.

Las primeras piedras se levantaron en 1519 en Puerto Carenas, sitio que hoy ocupa la Plaza de Armas. Aún puede observarse como fue siempre: con calles pequeñas, torcidas, angostas, bañadas del sol tropical y edificaciones amplias montadas sobre gruesas columnas, como correspondía a la expansión y contacto con el mundo de una ciudad proverbial, concurrida, recurrente, calurosa y amigable.

Todo su trazado arquitectónico y su estructura corresponden a un concepto de plazas que se convertían en pulmones de la ciudad.

a Plaza de Armas, la Plaza de la Catedral, la de San Francisco de Asís, la Plaza Vieja y la del Cristo, fueron las primeras en ser rescatadas, como parte de la vida comercial, política, económica y cultural de la ciudad. En siglos pasados a su alrededor se levantaron las más lujosas y sorprendentes edificaciones: palacios, casonas, iglesias y conventos, algunos colindantes con casas de vecindad que subsisten hasta nuestros días. En este contexto se pueden admirar portentosas columnas y enormes puertas, altos enrejados, mamparas, entrepisos, calles empedradas, vitrales y barandas. Toda esa suerte de arquitectura sobreviviente junto a la inevitable vida citadina de bares, patios vecinales, vendedores ambulantes, esquinas colmadas de hombres conversadores, y sobre todo, la sonoridad inconfundible del habanero y de La Habana.

Gran Teatro de la Habana Las poderosas murallas que protegían a sus habitantes fueron derribadas lentamente. Las últimas piedras cayeron a principios del siglo XX. Con el paso de los años, el fin de la colonia y el comienzo y desarrollo de la República, el viejo Centro Histórico quedó relegado a museos, viejos monumentos y viviendas cada vez más pobladas. Hasta la primera mitad del siglo XX, algunos edificios públicos donde asentaba el gobierno y determinadas instituciones, retenían el interés por el sector más antiguo de la capital. Los habitantes de los barrios pobres colindantes fueron penetrando el interior del Centro, al tiempo que los ricos y la clase media se desplazaban hacia el oeste de la ciudad.

Durante los años 60, luego del triunfo de la Revolución, en La Habana no se produjo el avasallamiento urbano que ocurrió en el resto del continente. Las viejas casas no fueron demolidas para edificar en su lugar modernos edificios. La capital cubana sobrevivió a la modernidad con sus ventajas y desventajas. Hubiera sido improbable que el Centro Histórico permaneciera intacto si los destinos del país no hubieran cambiado radicalmente como ocurrió.

La Habana, la ciudad de las columnas, es también la ciudad de las luces, las sombras, las expectativas y los misterios del hombre.

 

 

 


 

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