En Cuba una buena taza de café negro, fuerte y con poca azúcar forma parte de la vida diaria. ¨Quien no toma café no es un cubano típico¨, dicen algunos por el placer que sienten al disfrutar la oscura bebida.
Sin embargo, el café no es oriundo de la Isla. Lo trajeron os inmigrantes franceses que se establecieron aquí después de la revolución antiesclavista en Haití, a finales del siglo XVIII, y que descubrieron excelentes tierras montañosas para su cultivo. De ahí permanezcan algunas ruinas de las haciendas cafetaleras de entonces, hoy indiscutibles reliquias que el tiempo conservó para la historia, como en la Sierra del Rosario, en la occidental Pinar del Río, y en la Gran Piedra, muy cerca de la ciudad de Santiago de Cuba.
En poco tiempo el café se convirtió en uno de los renglones comerciales de Cuba. Es u producto codiciado y saboreado por cada habitante, y también se encuentra en poesías, canciones y dichos populares.
A pesar de que sus producciones no son elevadas, la calidad de los granos que nacen en esa tierra es de primera, reconocida en exigentes mercados mediante las marcas Hola, Cubita, Turquino, Extra Turquino, Serrano y la clamada Crystal Mountain.
Junto al ron al tabaco el café cubano concluye una trilogía de sabor que ha paseado el mundo , y continua deleitando paladares dentro y fuera de la Isla.
|